viernes, 11 de septiembre de 2009

TE DE MUICLE

Alejandro Monroy Trejo


TE DE MUICLE


La habitación se iluminaba a medias, la ventana entreabierta permitía un vago haz de luz, afuera se encontraba nublado, el ambiente se tornaba grisáceo, todos los colores palidecían y el frío que se filtraba por la puerta y la ventana alimentaba esa sensación.

Nos levantamos un poco somnolientos todavía, atravesamos el pasillo que contiene los viniles de un vago recuerdo y las violetas que se yerguen tratando de alcanzar al menos un haz de luz que las grises nubes dejen escapar.

En la cocina flotaba un intenso olor a humedad, Laura tomo un pedazo de chorizo viejo del refrigerador, lo corto y lo coloco en una sartén, prendió fuego a una de las hornillas y lo movió ligeramente, la grasa burbujeante emitía un olor conocido.

En otra hornilla coloco un posillo con agua, espero a que burbujeara. Del mueble que se encontraba enfrente saco una pequeña bolsa de terciopelo viejo y saco unas hojas de muicle que coloco en el posillo, lo cubrió con un pequeño plato permaneció un rato meditabunbunda mientras las hojas de muicle teñían de color magenta el agua hirviente. Mientras, revolvía el chorizo con un poco de queso, por otro lado calentaba tortillas y asaba nopales cortados en tiras para ultimar el desayuno.

Tome unos platos, unos cubiertos y unas tazas para el té, atravesamos el pasillo que nos lleva al comedor en la puerta donde se encuentra ese eterno cargador de maíz, coloque las tazas en la mesa que se encuentra frente a la ventana de los cactus que defienden su territorio con un sin fin de espinas de diferentes tamaños, Laura derramo la infusión en las tazas y vertió un poco de miel en cada una.

Al llegar la pequeña nube olorosa a muicle que subía y se desvanecía en mi nariz tome un sorbo y de pronto me encontraba en la casa de mi abuela, el muicle se servía con leche y azúcar, se servían también huevos estrellados, frijoles chinos hechos con manteca que preparaba mi abuelo y acompañados siempre de bolillos recién salidos de la panadería, calientitos y doraditos.

Los días eran así como este, fríos, grises, lluviosos, la lluvia se escurría por los vidrios de las ventanas, el agua se escuchaba correr por la canaleta del quicio de la azotea y caía por un costado de la puerta de la cocina, los vidrios se empañaban pronto por los vapores que salían de las ollas, posillos y sartenes que se encontraban en la estufa.

Afuera, varios de los gatos de mi abuela se guarecían de la lluvia en los lavaderos que se encontraban enfrente; en la pileta vivía una tortuga con el caparazón lleno de musgo por todo el tiempo que ya tenía allí, a un lado, en el centro del patio, la higuera, que siempre fue el fuerte que defendíamos cuando niños y que nos proveía de unos suculentos frutos cuando era temporada.

Enfrente de la higuera uno de los baños que había en la casa, el cual todavía era de leña, lo prendíamos con periódico remojado en diesel y después leña para que se calentara. A un lado el cuarto de lavado todavía en pie, era de adobe pintado con cal, enseguida estaban las cochineras, que a veces alberga patos, o puercos o borregos, siempre para nuestro consumos, eran grandes comilonas.

Al fondo, el taller de mi abuelo; hierros por todas partes, mazos, taladros, seguetas y por supuesto la fragua donde se forjaba el hierro y a un lado el yunque donde se le daba forma. En el techo siempre había faroles, lámparas, candelabros y mi perra Candy echada esperando que dejara de llover para poder jugar, era buena para los ratones siempre aparecían muertos uno o dos en la mañana, pero no se los comía.

Eran los días lluviosos de julio, Laura bebió de su té, desayunamos mientras delgados rayos de luz atravesaban poco a poco las grises nubes, la habitación se tornaba cada vez más brillante, resplandeciente, iluminada; seguí bebiendo mi té y así, sorbo a sorbo, mi niñez se consumía.

1 comentario:

  1. Muchas gracias, estaba indagando como poder preparar el té de muicle y me has sacado de un apuro!

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